Miss Caffeina: “El productor nos dijo ‘Dejad de creeros Led Zeppelin’”

Miss Caffeina, de negro pop. Foto: facebook.com/misscaffeina

Miss Caffeina, de negro pop. Foto: facebook.com/misscaffeina

El quinteto busca el salto cualitativo en su segundo álbum de estudio, De polvo y flores, un trabajo en el que han soltado lastre en busca de la precisión sonora y de su propia identidad. Pop y rock a partes iguales, “afectado y folclórico” a la vez.

Los Miss Caffeina son viejos conocidos aunque este De polvo y flores (Warner, 2013) sea su estreno en un gran sello. Llevan a sus espaldas cuatro EP’s y una autoedición, Imposibilidad del fenómeno (2010) y años de trabajo en carreteras como cualquier otro grupo de existencia indie.

Puede que se hagan mayores, como todos, y por ello De polvo y flores suene tres pasos más adelantado que su primer álbum, tanto por ese ascendente rock que presentan todas sus composiciones como por la seriedad que han adquirido sus momentos más melódicos.

Sergio Sastre, guitarra y letrista, atribuye estas cualidades a los años de experiencia que arrastra esta banda que se compuso y creció lentamente gracias a Internet. “Somos cinco personas que se conocieron porque se juntaron para hacer música, con el primer disco queríamos estar seguros de haber encontrado el sonido con el que todos estuviéramos a gusto”, recuerda.

Conseguido el objetivo, señala Alberto Jiménez, letrista y vocalista de la banda, fue el momento de arriesgar y evolucionar hacia nuevos parajes musicales. La elección de Max Dingel, ingeniero de The Killers, Muse o Glasvegas y productor de Goldfrapp, en la mesa de sonido no fue, por tanto, casual.

“Queríamos dejarnos aconsejar, exprimirle al máximo, que fuese crítico y opinara”, explica Alberto, que, como Sergio, reconoce el riesgo de poner en manos de otro “la identidad de tu sonido”.

“A nivel musical, Max es un gran restador y nos enseñó a ver qué era lo prescindible y a dejar que la esencia aflorara”, confiesa el dúo letrista de Miss Caffeina. “Hubo canciones que no tocó y otras en las que nos dijo: ‘Sois unos pesados sesenteros, dejaos de creeros Led Zeppelin, sois un grupo de pop de los noventa’”.

El resultado, además de un álbum con menos florituras, capas y arreglos, es un trabajo “más intenso”. “No me gusta decir oscuro porque parece que está de moda decir que un disco es más oscuro, pero suena más contundente y las canciones han ido por una línea distinta al primero”, afirma el cantante.

“Cuando quieres contar algo y que se entienda lo mejor es no ponerle trabas”, considera Sergio, que cree que “la potencia se consigue a través de la sencillez”. Por el sonido de su último álbum, se diría que hay una firme apuesta por la vertiente más rock de Miss Caffeina, aunque reconocen que “es complicado no sonar a banda de rock con tres guitarras, un bajo, una batería y el gusto por hacer ruido”.

“La línea entre el pop y el rock es delgada y es difícil saber cuándo haces cada cosa”, apunta Alberto, a lo que apostilla Sergio: “Es en esos lugares en los que hay una intersección entre dos conceptos donde está lo más interesante. Nos hemos movido en varias intersecciones más que en ejercicios de estilo”.

La claridad en las estructuras y la precisión en el sonido son, por tanto, la oferta de Miss Caffeina en De polvo y flores, en el que ambos compositores reconocen haber dejado algo de enfado, una especie de reacción agria a lo acontecido a su alrededor “más que una melancolía o un despecho al estilo Radiohead”.

Tras el lanzamiento del disco, Miss Caffeina se pondrá de nuevo manos a la obra en los escenarios patrios, con la vista puesta en Latinoamérica, esa cuenta pendiente de una banda crecida bajo el auspicio de MySpace, las redes sociales, Youtube y mucha, mucha carretera como forma de pluriempleo.

Como todas esas bandas que se mueven en la última década en España, se han movido sin discográfica durante años y compatibilizan sus respectivos trabajos con la banda. “Si eres sensato respecto a las expectativas se puede vivir de la música”, bromea Sergio, que opta por “no dejarlo todo a la suerte de un solo factor” y “diversificar tus ingresos muchísimo”.

“De hace unos años para acá no creo que sea posible vivir desahogadamente de la música”, añade Alberto, que cree que Internet ha hecho más accesible la música y que la gente se “implique” mucho más en ella. “Incluso te diría que está de moda ir a un festival y descubrir música”.

El momento, en cualquier caso, parece propio para ellos, y más si es cierto que todo es cíclico y que “tras diez años de revival de los ochenta ahora se hacen cosas de los noventa”. “Max nos dijo que somos una banda de pop de los noventa, pero es que nosotros crecimos en esos años”, puntualiza el cantante.

“Al final todo el mundo quiere tener su propio sonido, dejar su impronta y que cuando alguien escuche una canción sepa que es él”, considera Sergio, que cita Transatlanticism de Death Cab for Cutie como ese disco que le inclinó hacia la música. Comparte con el No Need to Agree (The Cranberries) que cita Alberto el clima musical: Seattle e Irlanda tienen el mismo cielo y la misma lluvia de color gris.